Clases Mysore: por qué me encantan y cómo NO hacerlas

Clases Mysore: por qué me encantan y cómo NO hacerlas

Clases Mysore: por qué me encantan y cómo NO hacerlas

Después de muchos años practicando y enseñando Ashtanga Yoga, sigo pensando que el formato Mysore es una de las mejores maneras de aprender yoga.

Pero hay un problema.

Que una clase se llame Mysore no significa automáticamente que esté bien enseñada.

De hecho, algunas de las cosas que se hacen en nombre de la tradición Mysore tienen, para mí, muy poco sentido pedagógico.

Vamos por partes.

¿Qué es una clase Mysore?

En una clase tradicional de Ashtanga Yoga estilo Mysore, los alumnos no siguen todos simultáneamente las instrucciones del profesor.

Cada persona practica la secuencia que conoce, a su propio ritmo, mientras el profesor observa, ayuda, corrige y enseña individualmente.

Esto cambia completamente la relación entre profesor, alumno y práctica.

Ya no tienes que seguir el ritmo del grupo.

No tienes que esperar a los demás.

Y tampoco tienes que hacer algo simplemente porque otras veinte personas lo están haciendo.

En cierto sentido, tienes tu propia práctica dentro de una clase colectiva.

Y eso me parece extraordinario.

Mysore es un laboratorio

Siempre digo que:

Mysore es un laboratorio personal.

Repites una práctica suficientemente estable como para poder observar qué cambia.

Un día tienes fuerza y poca movilidad.

Otro día ocurre lo contrario.

Una postura que hace seis meses parecía imposible empieza a aparecer.

Una transición que normalmente funciona desaparece cuando estás cansado.

La respiración cambia.

Tu capacidad de concentración cambia.

Tu relación con el esfuerzo cambia.

La repetición permite observar todo esto.

Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes del método: no necesitas inventar una práctica diferente cada día para aprender algo nuevo.

Muchas veces profundizar significa repetir con más atención.

Pero Mysore no debería significar “memoriza la serie y apáñatelas”

Aquí empiezan mis problemas con algunas formas de enseñar Mysore.

Una clase Mysore no debería ser simplemente:

“Esta es la secuencia. Memorízala. Practica. Yo apareceré cuando necesites un ajuste.”

Eso no es necesariamente enseñanza individualizada.

Puede ser simplemente abandono organizado.

El profesor debería estar observando.

¿Cómo respira esa persona?

¿Dónde pierde estabilidad?

¿Tiene suficiente fuerza para lo que está intentando?

¿Entiende la transición?

¿Está repitiendo un error cientos de veces?

¿Necesita avanzar?

¿Necesita simplificar?

¿Necesita practicar temporalmente otra cosa?

La secuencia proporciona la estructura. El profesor proporciona la enseñanza.

No conviertas la secuencia en una religión

Este probablemente sea uno de los errores que más he visto dentro del Ashtanga Yoga.

La secuencia es maravillosa.

Pero sigue siendo una secuencia.

No es una ley de la naturaleza.

Si alguien no puede realizar correctamente determinado movimiento porque todavía no tiene suficiente fuerza, movilidad, coordinación o control, tenemos varias opciones.

Podemos modificar.

Podemos preparar.

Podemos fortalecer.

Podemos dividir el movimiento en partes.

Podemos utilizar ejercicios auxiliares.

O podemos seguir diciéndole que practique lo mismo durante tres años esperando que algún día ocurra algo mágico.

Personalmente prefiero enseñar.

No pares automáticamente a todo el mundo en una postura

Dentro de ciertas formas tradicionales de enseñanza de Ashtanga existe la idea de que el alumno llega hasta una postura determinada y, si no consigue realizarla según el criterio establecido, ahí termina su práctica.

Puede tener sentido en determinados contextos pedagógicos.

Pero convertirlo en una regla universal me parece difícil de justificar.

Una persona puede tener problemas con una postura concreta y, sin embargo, beneficiarse enormemente de movimientos posteriores.

El cuerpo humano no progresa siguiendo necesariamente el orden de una serie.

Por eso prefiero preguntarme:

¿Por qué estoy parando aquí a esta persona?

Si tengo una buena razón, perfecto.

Si la única respuesta es “porque siempre se ha hecho así”, para mí no es suficiente.

No ajustes por ajustar

Otra imagen clásica de las clases Mysore es el profesor caminando por la sala haciendo ajustes físicos constantemente.

Un ajuste puede ser fantástico.

Pero tocar más no significa enseñar mejor.

Antes de poner las manos encima de alguien, podemos observar.

Podemos explicar.

Podemos demostrar.

Podemos hacer una pregunta.

Podemos dejar que la persona intente resolver el problema.

Y cuando el ajuste físico realmente aporta información que sería difícil transmitir de otra manera, entonces puede convertirse en una herramienta muy útil.

El objetivo no debería ser colocar al alumno en una postura bonita.

El objetivo debería ser que comprenda algo que después pueda reproducir por sí mismo.

No hagas dependiente al alumno

Este punto es fundamental para mí.

Si después de años practicando Mysore una persona todavía necesita mirar al profesor constantemente para saber qué hacer, tenemos un problema.

El formato Mysore debería producir exactamente lo contrario:

autonomía.

Aprender la secuencia es solamente el principio.

Después tienes que aprender tu cuerpo.

Qué modificar.

Cuándo insistir.

Cuándo parar.

Cómo respirar.

Cómo distribuir el esfuerzo.

Qué hacer cuando estás cansado.

Qué diferencia existe entre incomodidad, esfuerzo y dolor.

El profesor está ahí para acompañar este aprendizaje, no para convertirse en imprescindible.

Tampoco conviertas Mysore en una fábrica de posturas

Otra trampa es medir el progreso exclusivamente por la cantidad de posturas recibidas.

Hoy Marīcyāsana D.

Mañana Nāvāsana.

Después Bhujapīḍāsana.

Y algún día, si todo va bien, una nueva postura como premio.

Pero recibir más posturas no significa necesariamente practicar mejor.

Una persona puede hacer media Primera Serie con una comprensión extraordinaria del cuerpo, la respiración y el movimiento.

Otra puede terminar la serie completa utilizando estrategias bastante pobres.

Personalmente prefiero cinco posturas realizadas al 90 % que una serie completa al 65 %.

La cantidad es fácil de medir.

La calidad requiere observar.

Mysore tampoco debería ser una competición silenciosa

Aunque cada uno practique individualmente, seguimos practicando rodeados de otras personas.

Y es muy fácil mirar.

Quién hace Segunda Serie.

Quién levanta más.

Quién llega más lejos.

Quién tiene Kapotāsana.

Quién hace los saltos más espectaculares.

Pero la persona que tienes al lado no tiene tus proporciones, tu historia, tu fuerza, tus lesiones ni tus años de práctica.

Por eso uno de los aprendizajes más interesantes del Mysore es precisamente aprender a estar rodeado de personas haciendo cosas diferentes sin convertir su práctica en una medida de la tuya.

Entonces, ¿cómo entiendo yo una buena clase Mysore?

Para mí es bastante sencillo.

Hay una estructura suficientemente estable para poder aprender.

Hay un profesor que realmente observa.

Hay espacio para individualizar.

Hay disciplina, pero también criterio.

Hay tradición, pero no obediencia automática.

Hay repetición, pero también investigación.

Y progresivamente el alumno comprende cada vez mejor qué está haciendo y por qué.

Por eso sigo enamorado del formato Mysore después de tantos años.

No porque sea tradicional.

No porque venga de India.

Y tampoco porque sea la única manera correcta de practicar Ashtanga Yoga.

Me gusta porque, bien enseñado, convierte la esterilla en un laboratorio.

El profesor propone herramientas.

La secuencia proporciona un mapa.

Pero el experimento lo haces tú.

Y quizá ahí empieza realmente la práctica.

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