Enseñar yoga: lo que casi 20 años dando clases me han enseñado

Enseñar yoga: lo que casi 20 años dando clases me han enseñado

Enseñar yoga: lo que casi 20 años dando clases me han enseñado

Después de casi 20 años enseñando yoga y formando profesores, hay algo que tengo cada vez más claro:

saber practicar yoga y saber enseñar yoga son dos habilidades diferentes.

Puedes tener una práctica espectacular. Puedes conocer perfectamente la Primera Serie de Ashtanga, hacer posturas avanzadas, estudiar filosofía, viajar a India y acumular formaciones.

Y aun así, no necesariamente sabes enseñar.

Porque enseñar yoga empieza precisamente cuando dejas de enseñar desde tu propio cuerpo y aprendes a observar el cuerpo que tienes delante.

Un profesor de yoga no está ahí para demostrar lo que sabe

Cuando empecé a enseñar, como muchos profesores, pensaba que cuanto más sabía, más tenía que transmitir.

Con los años descubrí casi lo contrario.

Una buena clase no es aquella en la que el profesor consigue meter más información. Es aquella en la que consigue identificar qué necesita realmente aprender esa persona en ese momento.

A veces será una postura.

A veces será aprender a respirar sin generar tensión.

A veces será desarrollar fuerza.

A veces será quitar una postura.

Y otras veces será simplemente dejar de corregir constantemente y permitir que el alumno practique.

Esto parece sencillo, pero requiere experiencia.

El método tiene que servir a la persona, no la persona al método

Este probablemente ha sido uno de los cambios más importantes en mi manera de entender la enseñanza del yoga.

Durante años, especialmente dentro de métodos muy estructurados como el Ashtanga Yoga, hemos aprendido a respetar enormemente la secuencia.

Eso tiene mucho valor.

Una secuencia estable permite repetir, observar, comparar y aprender. Por eso sigo considerando la práctica Mysore un laboratorio extraordinario.

Pero una secuencia es una herramienta.

No es una religión.

Si una persona no tiene todavía la fuerza, movilidad, coordinación o capacidad respiratoria necesarias para realizar determinado movimiento, repetirlo cien veces no garantiza que vaya a aprenderlo.

En ocasiones necesita practicar otra cosa primero.

Por eso mi forma de enseñar ha cambiado con los años.

Hoy me interesan menos las posturas aisladas y mucho más los principios que hacen posibles esas posturas.

La fuerza también forma parte del yoga que enseño

Durante mucho tiempo, en ciertos ambientes de yoga, hablar de fuerza parecía casi contrario a la práctica.

Pero después de observar miles de cuerpos, mi experiencia ha sido diferente.

Muchas dificultades que los alumnos interpretan como falta de flexibilidad son, en realidad, problemas de fuerza, estabilidad, coordinación o gestión de las fuerzas.

Lo veo constantemente en las transiciones de Ashtanga.

“Mis brazos son demasiado cortos.”

Es una explicación muy común.

Pero después empiezas a mirar.

Hombros que no saben estabilizarse. Abdomen que no consigue generar suficiente tensión. Caderas que no se organizan correctamente. Falta de movilidad en tobillos o rodillas. Mala transferencia del peso.

Y, sobre todo, falta de comprensión de cómo mover el cuerpo como una unidad mientras se mantiene la respiración bajo presión.

Por eso acabé incorporando entrenamiento de fuerza y kettlebells en mi propio trabajo y posteriormente en mi enseñanza.

No para convertir el yoga en fitness.

Precisamente al contrario.

Para utilizar una herramienta externa cuando puede ayudar a desarrollar una capacidad que después necesitamos sobre la esterilla.

Una postura no debería ser solamente una forma

Este es otro cambio importante en mi enseñanza.

Durante años el yoga moderno ha dado muchísimo protagonismo a la forma externa de las posturas.

Dónde está el pie.

Cuánto gira la pelvis.

Dónde mira la mano.

Cuántos centímetros separan las piernas.

Todo eso puede ser útil.

Pero podemos construir una forma aparentemente perfecta y que el cuerpo esté completamente desorganizado por dentro.

Por eso cuando enseño me interesan preguntas diferentes:

¿Dónde estás produciendo fuerza?

¿Dónde estás perdiendo estabilidad?

¿Puedes respirar ahí?

¿Puedes mantener tensión sin convertir todo el cuerpo en tensión?

¿Puedes distinguir entre esfuerzo necesario y esfuerzo inútil?

¿Entiendes hacia dónde se está desplazando tu centro de gravedad?

Cuando empiezas a enseñar así, el yoga deja de ser una colección de formas.

Se convierte en un estudio del movimiento.

Respirar bien no significa respirar siempre de la misma manera

También he cambiado mucho mi manera de enseñar la respiración.

La respiración no ocurre independientemente del movimiento.

El cuerpo utiliza diferentes estrategias respiratorias dependiendo de la posición, la presión interna y el esfuerzo.

No respiramos igual sentados haciendo prāṇāyāma que intentando controlar una transición difícil.

Por eso me interesa enseñar algo que llamo respirar bajo presión.

Mantener suficiente organización corporal para producir fuerza sin perder completamente la capacidad de respirar.

Esto tiene aplicaciones mucho más interesantes que conseguir una postura.

Porque la vida también nos pide constantemente hacer algo parecido:

mantener estabilidad mientras existe presión.

No necesitas convertirte en terapeuta para ser un buen profesor de yoga

Existe actualmente otra tendencia que observo con cierta preocupación: convertir al profesor de yoga en terapeuta, coach, psicólogo, guía espiritual y especialista en trauma al mismo tiempo.

Yo separo estos trabajos.

Cuando enseño yoga, enseño yoga.

Puedo escuchar a una persona, respetar su situación y adaptar la práctica, pero mi responsabilidad como profesor no es interpretar psicológicamente todo lo que ocurre durante una clase.

El yoga puede influir en cómo nos sentimos. Evidentemente.

Pero eso no convierte automáticamente una clase de yoga en psicoterapia.

Conocer los límites de nuestra profesión también forma parte de enseñar responsablemente.

Cuanto más enseño, menos me interesa impresionar

Quizá esta sea una de las mayores paradojas de enseñar durante muchos años.

Al principio quieres demostrar todo lo que sabes.

Después quieres que el alumno aprenda todo lo que tú sabes.

Y finalmente comprendes que ninguna de las dos cosas importa demasiado.

Lo importante es que la persona que tienes delante aprenda algo que pueda utilizar sin ti.

Para mí, esa es una de las mejores medidas de una buena enseñanza.

No crear dependencia del profesor.

Crear autonomía.

Que el alumno pueda practicar solo, observar su cuerpo, modificar lo necesario, reconocer cuándo avanzar y cuándo detenerse.

Que entienda principios y no simplemente obedezca instrucciones.

¿Qué hace entonces a un buen profesor de yoga?

Después de todos estos años, no creo que sea la cantidad de posturas que puede hacer.

Tampoco cuántos certificados tiene.

Ni cuánto sánscrito conoce.

Para mí tiene mucho más que ver con su capacidad de observar, comprender y comunicar.

Ver a la persona que tiene delante.

Entender suficientemente bien el movimiento y la práctica para saber qué puede estar ocurriendo.

Y encontrar una manera sencilla de transmitirlo.

A veces una explicación cambia una práctica.

Otras veces hay que repetir la misma explicación durante meses.

Eso también es enseñar.

Enseñar yoga es enseñar a alguien a no necesitarte

Quizá esta sea la idea que mejor resume mi manera actual de entender la enseñanza.

No quiero alumnos que después de diez años todavía necesiten preguntarme dónde colocar cada pie.

Quiero personas capaces de pensar.

De sentir.

De experimentar.

De equivocarse.

De comprender su práctica.

Un profesor puede abrir puertas, transmitir herramientas y ahorrar muchos años de ensayo y error.

Pero después el alumno tiene que caminar.

Porque, al final, el objetivo de un buen profesor no debería ser convertirse en indispensable.

Debería ser exactamente lo contrario.

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